Archive for the ‘HERBERTH CASTRO INFANTAS’ Category

SEMANA SANTA EN ABANCAY (Herberth Castro Infantas)

18/03/2012

La Semana Santa en el Perú, como en todo el mundo cristiano, es la conmemoración religiosa más importante del Año. En Ayacucho, Trujillo, Cusco, Arequipa, Cajamarca, Tacna, Piura, Junín, en fin, seguramente que no hay pueblo, en nuestro país, donde no se recuerde con profundo fervor espiritual la pasión, muerte y resurrección del hijo de Dios.
En Abancay esta costumbre está muy arraigada desde la conquista. Sus habitantes que, en la época de los incas, adoraban al sol, la mama pacha y a la naturaleza en general, se convierten al cristianismo con la llegada de los españoles y, desde entonces, esta es la religión que la llevan prendida en el alma.
Sin embargo de ser la virgen del Rosario, la patrona de la ciudad, es a Cristo a quien le tienen una adoración entrañable, en sus tres principales representaciones: El Señor de la Caída, el Señor de la Exaltación, conocido más como el Señor de Tamburco, y el Señor de Illanya. Y, los mismos fieles que rotan en sus fiestas patronales, lo hacen en Semana Santa, concentrandose también en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, hasta donde llegan los campesinos más humildes que no se cansan de viajar desde los distritos más apartados, unos a lomo de bestia y en camiones, otros caminando con sus quepes en las espaldas y trayendo en sus manos ramas y flores silvestres.
En mis tiempos, tal como lo establecía la norma eclesiástica, la Semana Santa se iniciaba con la misa del Domingo de Ramos la misma que se celebraba con rigurosa solemnidad en la iglesia de Abancay, recordando la entrada de Jesús a Jerusalén, hasta donde acudíamos los fieles portando palmas para que el sacerdote las bendiga y luego las colocábamos en las puertas de nuestras casas. En el atrio del templo se vendía estos ramos a diez y veinte centavos, según el tamaño. A diferencia de otras misas, esta era una de las más largas y ceremoniosas. Al final se realizaba la procesión de la Eucaristía debajo del palio sostenido por cuatro acólitos. El lunes Santo era la procesión del Señor Crucificado.
En los alrededores del templo se vendía maicillos, empanadas, rejillas y roscas dulces cubiertas con grajeas multicolores. Y como la misa terminaba a media mañana, cuando el sol calcinaba, incitaba a tomar un caporal de chicha blanca que las mamachas la vendían generosamente espolvoreando una pizca de canela, para darle gusto. Algunas vendedoras, con el pretexto de remover el concho, lo pasaban de un vaso a otro y, lo que llegaba a nuestras manos, era mitad líquido y mitad espuma.
El jueves Santo, se disfrutaba de los doce platos, destacando las entradas ligeras sin carne, seguido de cremas de zapallo y maíz (lawa) y diversos chupes de semana santa hechos con camaroncitos chinos, leche y huevos. No se comía carne de vacuno en ninguna de sus formas, aunque muchos estudiosos de la biblia dicen que la prohibición se refiere a las relaciones carnales y no a la ingesta de este alimento. Los platos de fondo estaban hechos a base de bacalao o cualquier otro pescado seco, el infaltable tallarín con gallina o al horno, picantes y torrejas de verduras, que se completaban con exquisitos postres, generalmente dulces de níspero, calabaza, durazno y otras frutas, manjar blanco, arroz con leche y diversos tipos de mazamorras y la famosa empanada envuelta en papel manteca. Para disfrutar de este opíparo almuerzo se reunía toda la familia por lo que había que ampliar la mesa del comedor, colocando tableros adicionales.
Mis abuelos maternos, Andrés y Adelina, con quienes vivíamos mi madre, mis hermanos Marina y Ramiro y yo, tenían nueve hijos, Rosa, Encarnación, Augusto, Esther, Estela, Elsa, Hernán, Aurora y Jorge, varios de ellos casados y con hijos. Ya podrán imaginar el familión que éramos a la hora del almuerzo. Felizmente que la casa, la paila y el corazón eran grandes, por lo que jamás faltaba, ni comida ni afecto.
Mi abuela no permitía que nadie empiece la merienda sin antes hacernos rezar, para agradecerle al señor por los alimentos que estaban ya servidos. Luego, el nieto de menor edad, leía un párrafo de la Biblia que ella misma escogía.
La celebración de la Eucaristía era al atardecer, para coincidir con la última cena de Jesús con sus doce apóstoles, donde les dijo: “Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que comparte mi pan”. Mientras estaban comiendo, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias, se la entregó y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esto es mi sangre, sangre de la Alianza, sangre que será derramada por una muchedumbre. Sepan que no volveré a beber del jugo de la uva hasta el día en que beba vino nuevo en el Reino de Dios”.
En esta misa, el sacerdote lavaba los pies de 12 ancianos, en señal de humildad. Antes de la existencia del asilo, se reclutaba a los mendigos que deambulaban por los barrios más populares. A veces llovía torrencialmente, con truenos y relámpagos, haciendo recordar la tormenta que se desató en El Gólgota, cuando Jesús dejó de existir en la cruz. Esto hacía estremecer más la noche de Jueves Santo.
Llueva o no llueva, en la noche, la visita a los templos era inperdonable, un reencuentro espiritual y una gran ocasión de volver a ver algunos rostros que muchas veces hasta habíamos olvidado. Grandes y chicos recorríamos con fervor los ambientes de la iglesia y rezábamos al pie de todos los santos y vírgenes, no sin antes mojar la punta de los dedos en agua bendita para santiguarnos y rogarles por la redención de nuestros pecados. Eso se hacía antes que las imágenes fueran cubirtas con telas oscuras.
Al final de esta misa se cantaba con gran solemnidad…
Cantemos al Señor de los amores,
Dios está aquí.
Cielos y tierra, bendecid al Señor.
Amor y gloria a tí.
Dios de la tierra.
amor por siempre a tí…
El día más solemne de la semana era el Viernes Santo. No solo por los ritos sino porque era de ayuno y abstinencia, dolor y arrepentimiento..
En mi casa, a las cinco de la mañana, mi abuelo se levantaba y lo primero que hacía era coger un chicote de tres puntas que lo tenía de adorno detrás de la puerta de su dormitorio y nos despertaba dándonos golpes (felizmente por encima de las frazadas), según nos decía, para “ayudarle a Cristo en su suplicio y, de paso, hacernos pagar por nuestros pecados”. Era claro que la intención del abuelo no era lastimarnos, sino despertarnos. Pero el solo hecho de levantarnos tan de madrugada, ya era un martirio.
En señal de duelo, los caballeros se vestían de terno oscuro y corbata negra. Igualmente, las damas se ponían sus vestidos negros y se cubrían los rostros con mantillas del mismo color. Las campanas enmudecían y eran reemplazadas por el sonido de matracas que los jóvenes las tocaban recorriendo los barrios. Su lastimero sonido producía una gran congoja en la ciudad, como si alguno de los familiares mas cercanos hubiera fallecido. Desde muy temprano, los jóvenes, varones y mujeres, se iban al campo a recoger pétalos de flores para armar las tradicionales alfombras en las calles por donde tenía que pasar el Cristo Yacente en hombros de los miembros de la Hermandad del Santo Sepulcro, entidad muy cerrada a la que era muy difícil ingresar. Entre los militantes de esta hermandad estaban Lucho Salcedo, Ramiro Viladegut, Gastón Fernández, Fernán Valer y sus parientes que vivían en la calle Huancavelica, los hermanos Juan, Serapio y Juvenal Tello, Darsy salas, el pato Pareja, el fata Huerta, Fabian “Cachachi” Paredes, Armando Cárdenas, entre otros. A mi ni me invitaron. No se si porque era muy joven o muy pecador.
La procesión salía del templo al compás de la banda Villar que ejecutaba las más sentidas marchas fúnebres que hacían estremecer el alma. Los acaballeros iban al costado y detrás del Santo Sepulcro, mientras que las damas acompañabana a la Dolorosa. Las religiosas del colegio Santa Rosa eran las que dirigían los rezos y plegarias, mientras que los chicos teniamos puesto el ojo en sus alumnas.
Para las celebracion es de Semana Santa llegaba un obispo del Cusco porque Abancay no contaba aún con obispado. Tuvo que pasar un buen tiempo para el nombramiento del primero.
Algunos estudiantes hacían coronas con ramas de níspero y olivo para colocarlas en los balcones de sus casas y encima de las puertas de los templos. Los moradores más humildes sacaban a sus puertas aunque sea una maceta de geranios, pero la sacaban, para rendirse honores al Cristo Yacente que hacía su paso delante de la Dolorosa, la misma que lucía una túnica y capa oscuras, mjentras que su corazón de plata estaba atravesado por puñales. Sus andas eran muy pesadas, por eso las cargaban solo los más forzudos. Y las andas del Señor estaban iluminadas con la energía proveniente de baterías que proporcionaban generosamente los miembros del sindicato de choferes. Y el encargado de la instalación y control de esta iluminación era el mecánico Miguel Solís.
Los estudiantes jamás le hicieron faltar al Santo Sepulcro las más bellas flores de retamas, cardosantos, la bella abanquina y una flor roja conocida como “sangre de Cristo”. La procesión estaba presidida por el obispo invitado y el párroco. Detrás de ellos desfilaban las principales autoridades políticas y militares, seguidos de una gran muchedumbre de fieles, unos portando faroles y velas encendidas, otros arrojando pétalos de rosas sobre las imágenes, algunos avanzaban descalzos haciendo penitencia y otros hasta se descubrían las rodillas para orar sobre el suelo pelado con lágrimas en los ojos, pidiendo seguramente un milagro para salir de la miseria, por un pariente enfermo o el hijo ausente.
Para esta ocasión los sacerdotes usaban sus ornamentos negros y morados. Todas las estatuas y cuadros de los santos de la iglesia amanecían cubiertos con tules y mantos. Nadie podía reír ni cometer un pecado por más venial que este sea porque se decía que ofendía doblemente al Señor. Los únicos que se aprovechaban eran los ladrones porque decían que en viernes Santo nadie los podía castigar porque Cristo estaba muerto.
El Sermón de las siete palabras o de “las tres horas”, lo hacía solo la autoridad eclesiástica de mayor rango, en este caso el párroco, antes de la llegada del primer obispo. El sacerdote aprovechaba la ocasión para decirles vela verde a los pecadores, especialmente a los infieles. Les daba duro hasta a las autoridades que no cumplían con sus responsabilidades. Con el paso del tiempo, se comenzó a invitar a conocidos profesionales y vecinos notables de reconocida fe católica y de incuestionable honestidad, para ocupar el púlpito.
Las celebraciones de Semana Santa concluían el domingo con una solemne misa de resurrección donde todos cantaban a todo pulmón…
Tu reinarás…
oh rey bendito,
Pues tú dijiste reinaré.
Reine Jesús por siempre,
reine en tu corazón.
En nuestra patria,
en nuestro cielo,
es de María la Nación…
Recién sonaban las campanas en señal de fiesta. No se estilaba el obsequio de huevos de pascua como ocurre en otros países. Luego de la misa, los mayores se iba a sus casas para saborear al menos una taza de chocolate, la bebida más tradicional que jamás faltaba en las mesas más humildes, especialmente los domingos, feriados y en los cumpleaños. Las familias acomodadas siempre tenían a mano una tableta de chocolate en pasta “Sol del Cusco” mientras que los menos pudientes adquirían el chocolate a granel, sin envoltura, en tabletas que tenían la forma de tejas. Total, la diferencia no era muy notoria porque ambos productos eran de cacao, de Quillabamba y Madre de Dios. Y claro, las cosas siempre tenían que ser claras y el chocolate espeso, como reza el dicho.
Y como ya había terminado el periodo de abstinencia, algunos salían de frente al club Unión para beber unos tragos con los amigos y, los que no eran socios, se iban bar Esmeralda, para calentar la mañana y celebrar la pascua con un “patibamba libre” y platos típicos. Los más recatados acudían al billar de mis tíos Pancho Gonzales y Rosita Infantas, para servirse por lo menos el tradicional “marca chanco” acompañado de unas deliciosas empanadas de queso que se hacían en el horno de otra de mis tías, Dolores Alarcón. Y mientras nuestros padres y abuelos se quedaban unos minutos a chismorrear en las puertas del templo o desaparecían con los amigos, los chicos nos íbamos a jugar a las chapas en la pérgola de la plaza o fulbito frente a la casa de la familia Garay. Es cuando las campanas sonaban con más fuerza y una desbordante alegría inundaba la ciudad.

Dicen que recordar es vivir. Que Dios los bendiga en esta Semana Santa.